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Eulogio Fernandini de la Quintana: Minero indesmayable, visionario por naturaleza y patriota a carta cabal


Para la minería peruana, el nombre de don Eulogio Fernandini de la Quintana significa recordar a uno de los más memorables pioneros y visionarios indesmayables que, con su capacidad profesional y proyección de futuro, sentaron las bases de lo que hoy en día es el sector económico más importante del país que promueve el desarrollo sostenible.

Don Eulogio Fernandini de la Quintana nació en Ica el 13 de septiembre de 1860. Sus padres fueron el Dr. Erasmo Fernandini y la Sra. Ignacia de la Quintana. Los primeros estudios los realizó en su ciudad natal y en Lima.

Posteriormente, cuando su padre fue nombrado presidente de la Corte Superior de Justicia de Junín, con sede en Cerro de Pasco, la familia se trasladó a esa localidad y el joven Eulogio continuó su formación secundaria en el Seminario de Huánuco, donde contrajo una desconocida infección intestinal que lo llevaría hasta Hamburgo (Alemania) y Viena (Austria) para su plena recuperación.

En este último país realizó sus estudios universitarios dentro de la disciplina típica de la sociedad prusiana, que imprimió en él una marcada influencia que se traduciría posteriormente en su perseverancia, dedicación al trabajo y en la rectitud de su conducta.

A la edad de 24 años, regresó al Perú e ingresó a trabajar en las minas de la firma española Gallo Hermanos, ubicadas en Cerro de Pasco, donde acumuló  sus primeros ahorros.

En un viaje de retorno a la capital, conoció a la Srta. Isolina Clotet Valdizán, con quien años después contrajo matrimonio y cuyo padre era propietario de la mina de plata Colquijirca, quien se la cedió para que la trabaje.

Allí, a más de 4,300 metros de altitud, inició las labores en el socavón principal –que posteriormente llevó su nombre–, tarea que le tomó trece años, llegando con tenacidad y esfuerzo a encontrar la famosa veta de plata, plomo y zinc de la zona.

Don Eulogio Fernandini comprendió plenamente la importancia de contar con instalaciones que le permitieran tratar sus minerales y en 1899 construyó la fundición de Huaraucaca, donde se beneficiaron sulfuros y óxidos de cobre, en hornos de manga o Water Jackets, previa calcinación en reverberos, lo que la convirtió en la segunda fundición más importante del país, luego de la de Backus y Johnston en Casapalca.
 
Para ello, al constatar que la región carecía aún de medios de transporte de combustible adecuados para la magnitud de su proyecto, con el apoyo de su entrañable amigo el Ing. Antenor Rizo Patrón y el aporte técnico de la firma Siemens & Halske de Berlín, instaló dos plantas hidroeléctricas sobre la base del represamiento de la Laguna de Punrún.  

Paralelamente, mantenía concesiones mineras como la Curena, Tacna y Arica con operaciones en pequeña escala. Asimismo, adquirió yacimientos carboníferos en el asiento de Quishuarcancha de donde extraía el carbón para la fabricación de coke, necesario en la fundición.

El descubrimiento

En la búsqueda de carbón para la refinería de Huaraucaca, don Eulogio Fernandini había conocido el yacimiento de Minasgra situado en la hacienda Quisque, en la que junto con el Ing. Rizo Patrón realizaron uno de los descubrimientos más trascendentales de la época.

Según las propias palabras de este minero notable, regresaban de visitar un yacimiento en la cordillera, cuando recordó la existencia de carbón en Minasragra. Como estaba nevando con cierta intensidad, decidieron pedir a un ayudante que recogiera un saco de carbón y lo llevara a la hacienda Ayaracra, donde habían previsto pasar la noche.

Al llegar a Ayaracra, encontraron que el único combustible disponible para la calefacción de la habitación era la muestra de carbón de Minasragra. Para sorpresa de ellos, el mineral desprendió una inesperada cantidad de gases sulfurosos, lo que les llamó la atención, pues el carbón no contenía apreciables cantidades de pirita u otro sulfuro con el que estuvieran ellos familiarizados y que pudiera explicar el desprendimiento de gases.

Intrigados con este fenómeno, efectuaron los análisis cualitativos del caso y, al hacerlo, se dieron con la sorpresa de que contenían una fuerte proporción de vanadio conjuntamente con azufre, lo que luego fue confirmado en Lima y Estados Unidos. A esta especie minera se le denominó con toda justicia “rizo patronita”, en recuerdo del ingeniero que la descubrió.

El depósito fue denunciado por los dos ilustres personajes y, tras comprender que la comercialización de los minerales de vanadio requería una organización especial que estaba fuera de su alcance, vendieron la propiedad a los hermanos Flanery de Pittsburg, aunque don Eulogio Fernandini colaboró en la planificación del transporte del concentrado desde Minasragra hasta La Oroya.

En 1915, este consagrado emprendedor adquirió las concesiones que amparaban el yacimiento mercurífero de Santa Bárbara, en el que luego de un largo proceso de estudio y de sortear innumerables dificultades, antes de fallecer en 1947, logró instalar en Huancavelica una planta hidroeléctrica y hornos para la sublimación del mercurio.

Con la mística e ingenio de su padre, la Negociación Minera Fernandini Hermanos comenzó la explotación de esta mina e introdujeron un cambio fundamental en el método de extracción, pasando de labores subterráneas a operaciones a tajo abierto.

De otro lado, en su destacada trayectoria, también se interesó por la ganadería y agricultura. Así, en Cerro de Pasco implementó una empresa que llegó a contar con cerca de 200,000 ovejas y en el valle de Lima cultivó caña de azúcar y después algodón, demostrando que el espíritu minero no se condice con estas actividades productivas.

Don Eulogio Fernandini, junto con sus cualidades de minero notable, también fue un patriota comprometido que no dudó en ofrecer un importante apoyo económico en momentos en que el Perú sostenía un conflicto bélico con Colombia y se pretendía hacer un plebiscito por Tacna y Arica sin las mínimas condiciones de equidad con Chile. Se recuerda el diálogo que sostuvo con el entonces presidente Leguía, cuando éste requería fondos para la defensa nacional: “Vaya tranquilo; haga la colecta, y no le doy todo el dinero porque no soy el único peruano obligado a contribuir, pero lo que falta lo pongo yo”. Y así fue.




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